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  • Foto del escritorPamela Lagos

Ya duerme de corrido

¿Amelia se sigue cambiando de cama? No se imaginan cuántas veces me han preguntado lo mismo, es como si además de preguntarte el nombre y la edad de tu hijo, su conducta de sueño fuera parte de la identidad.

De inmediato yo me lleno de orgullo y digo ‘sí’. Con dos años, diez meses Amelia se duerme en su pieza (desde hace mucho tiempo es así), siempre acompañada por uno de nosotros, le gusta que le dejemos prendida una “lamparita” que proyecta estrellas en su techo y que le pongamos música suave hasta que se duerme. Se acuesta siempre a la misma hora y tiene una rutina fija. Duerme en su cama hasta la madrugada, entonces despierta y nos llama para que la llevemos a nuestra cama a terminar su noche.


Sé que para muchos papás la hora de dormir es un gran tema, sobre todo porque en muchos casos las erráticas conductas de sueño de algunos niños pueden hacer que la familia entera se vea afectada y que el descanso de los padres sea casi imposible. Ante esto han surgido cada vez más técnicas, consejos, asesorías y ofrecimientos de entrenamientos milagrosos que prometen devolver el descanso al hogar. Éstas van desde el condicionamiento más clásico y puro hasta estrategias más respetuosas y enfocadas en el apego.


Quiero dejarles en claro algo, no soy experta en sueño, pero sí puedo asegurarles dos cosas: uno, ningún hijo sigue durmiendo con los papás hasta la adolescencia y dos, dejar llorar a un niño no debería ser opción para nadie.


Los niños necesitan rutinas, eso está muy claro, les da la sensación de seguridad y disminuye la incertidumbre que a nadie le gusta vivir. Prueba de ello es la cantidad de adultos que declara haberse sentido ansioso con esto de la pandemia –según la encuesta Cadem, el 56% de las personas reconocieron haber sufrido crisis e angustia o ansiedad en la pandemia-. No saber qué va a pasar en nuestro futuro angustia muchísimo a un adulto, imaginen lo que hace con un niño que sabe que depende de la estabilidad de sus cuidadores para estar bien. Por ende, tener horarios, rutinas de dormir claras y estables ayuda a la salud mental de nuestros niños. Una rutina de preparación para el sueño, de alrededor de 40 minutos es suficiente para que el cerebro del niño entienda que ya viene la hora de dormir, empiece a “bajar las revoluciones” y logre el descanso. Higiene del sueño, se llama, e implica resguardar el buen descanso preparándonos de forma ordenada y cíclica para poder entrar de forma paulatina al sueño


¿Qué hacer en esa preparación? Depende de cada familia, leer un libro, lavado de dientes, poner pijama, toda la rutina es parte de la higiene del sueño. Algo importante eso si, esta rutina tiene que ser sin pantallas, la luz que desprenden los aparatos electrónicos confunde a nuestro cerebro, lo activan y pueden hacer que toda su preparación para dormir bien se pierda en un encendido de televisión o celular.


La rutina ayuda mucho, pero el verdadero secreto para que un niño duerma de corrido es….prepárense…que aprenda a dormirse solo. Así de simple, o parece simple, los niños –al igual que los adultos- se “despiertan” varias veces durante la noche, pero son micro-despertares casi imperceptibles y seguimos nuestro sueño sin problemas. El problema es que los niños no logran hacer esto solos y van a buscar dormir de la misma forma en que la partieron la noche, es decir, la única forma en la que saben dormirse, por ejemplo con los papás al lado.


Por lo tanto, si su hijo sabe dormirse solo ¡felicitaciones! Usted ha logrado la clave mágica para un buen descansar. El gran problema está en los niños que no logran hacerlo, porque enseñarles puede ser muy difícil y hasta traumático. Es aquí donde los papás tenemos que poner las cosas en una balanza y pensar hasta donde estoy dispuesto a llegar para enseñarle a dormir solo. Ante esto hay una sola gran cosa que tenemos que tener clara y estoy dispuesta repetirlo las veces que sea necesario: dejarlo llorar no es una opción. Un niño que llora y no es atendido por sus cuidadores eleva sus niveles de cortisol –hormona que liberamos como respuesta al estrés- a niveles que pueden ser perjudiciales para su desarrollo emocional y cognitivo. El cortisol interfiere en la producción de serotonina, que no sólo es la hormona que nos entrega bienestar y felicidad, sino que también ayuda a regular ciclos de sueño, mantienen nuestra energía y regula el apetito. Entonces ¿vale la pena dañar así a mi hijo?


Dejarlo llorar “resulta” es verdad, después de un par de noches su hijo dejará de llorar y se dormirá solo. Sin embargo no lo hará porque ya esté bien, se dormirá con los niveles de cortisol igual de elevados que la primera noche, la única diferencia será que aprendió que si pide ayuda ésta no llega, que sus padres no estarán cuando él los necesite, que no saca nada con seguirlos llamando porque ustedes no responderán. Lo peor de todo esto es que nuestras experiencias tempranas marcan las futuras y tendremos adultos que no saben pedir ayuda cuando lo necesitan, que desconfían de los demás o que sienten que nadie puede ayudarlos cuando tienen un problema.


“Es sólo un par de horas de llanto versus noches de tranquilidad que ayudarán a su hijo” leí por ahí. No, no son sólo un par de horas, ese par de horas en la vida de una guagua es muchísimo tiempo, si quieren imaginar un equivalente imaginen que su pareja –o alguien que debería quererlos y en quienes ustedes confíen que no querría hacerles daño- los toma sin avisarles, los lleva a un lugar desconocido y que se ve peligroso, de noche y los deja ahí, solos, sin teléfono ni posibilidad de pedir ayuda. Gritan su nombre constantemente esperando que vuelva a buscarlos, pero no aparece, tienen miedo y está obscuro. Cansados de tanto gritar se duermen y al día siguiente la persona que los dejó ahí aparece como si nada y te felicita por lograr pasar la noche completa en ese lugar ¿volverían a confiar en ellos? ¿entenderían que lo que querían era que aprendieran a dormir? Me imagino que no, y pueden decirme exagerada, pero es la realidad, para un niño pequeño su propia pieza puede ser un mundo inmenso si siente que no tiene a sus papás cuando los llama. Sin el cuidado de sus papás, puede sentirse igual que si estuviese en el lugar más terrible que un adulto pueda imaginar.

Sé que llegará el día en que Amelia deje de cambiarse de cama, sé que en algún momento las desveladas nocturnas no serán para traerla a dormir con nosotros, si no que de preocupación porque estará en una fiesta con jóvenes de su edad o en alguna salida de estudios. Por ahora soy feliz sabiendo que cada vez que nos llame correremos a responder a sus necesidades, me tranquiliza saber que ella sabe que sus papás están ahí para ella, y nosotros disfrutamos el privilegio de abrazarla al dormir y de despertar con un “buenos días mamá y papá”.


Fuente: Revista Súper Mamá


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