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  • Foto del escritorPamela Lagos

¿Y si aprendemos a no soltarlo todo?

Amelia ya va a cumplir 4 años, va al jardín y ha hecho varios amigos. Todos los días llega contándonos con quién jugó, quien faltó a clases y relata de forma muy divertida las interacciones que se dan en la sala.

Pero, hace un par de días llegó a casa con un semblante distinto, al preguntarle qué pasó me cuenta que había discutido con una de sus amigas mas cercanas: “ya no vamos a ser amigas”, me dijo. En ese momento miles de ideas vinieron a mi cabeza ¿qué le digo? Por un lado, está bien que aprenda que puede molestarse, por otro, la amistad es algo difícil de encontrar, sobre todo en la vida adulta. Enseñarle que es desechable tampoco era una opción. Los amigos pueden tener diferencias, le dije, los conflictos se conversan, no es necesario terminar una amistad, todos podemos equivocarnos.


La conversación con mi hija me quedó dando vueltas y es que hoy se habla mucho de “soltar”, de alejarte de quienes que te hacen daño y eso está muy bien. Siempre y cuando, se trate de personas que realmente te están dañando, pero tal vez nos hemos ido al extremo de hacer que las relaciones valgan poco. Día a día converso con personas que dicen no tener amigos verdaderos, que los amigos son contados con los dedos de una mano o que sus relaciones de amistad duran un tiempo y luego se alejan, como si fuera un cambio constante de personas cercanas que finalmente nunca llegan a ser duraderas.


Hemos generado una suerte de sobrevaloración de la soledad. Hoy es fuerte el que no pide ayuda, el que se las arregla solo y no necesita de nadie. Se habla mucho de no depender de los demás, pero ¿podemos realmente no depender de nadie? El ser humano es un ser social, gregario, nos necesitamos unos a otros ¿Por qué insistir en valorar la soledad? Aprender a estar solo es muy bueno, ayuda a tener tiempo contigo y al autoconocimiento, pero aprender a depender también debería ser un valor. No estoy hablando de dependencia emocional, por favor que eso quede claro, porque en ella la relación no es simétrica e implica el poderío de uno sobre el otro, eso es tremendamente dañino. Sin embargo, la interdependencia sí es buena, generar relaciones duraderas, profundas e incondicionales que nutran a las dos partes es esencial para nuestra salud y bienestar. ¿Sabían que tener redes de apoyo es un protector de la salud mental? Una de las variables que los psicólogos consideramos cada vez que evaluamos el estado emocional de un paciente es la presencia de redes. Mientras más sean las redes de apoyo mejor pronóstico para la salud de esa persona, entonces ¿por qué no cuidar nuestras relaciones?


Las relaciones no siempre son perfectas, pero aprender a valorar y aceptar al otro con sus diferencias es algo que, por alguna razón, ha dejado de ser un valor. Esta muy bien que los padres enseñemos a nuestros niños a ser independientes y a alejarse de las personas que les hacen daño, pero tampoco podemos olvidarnos de enseñarles lo importante de la amistad y la familia. Las relaciones cercanas son demasiado importantes para soltar a la primera. Las relaciones -todas, de pareja, familia, amistad e incluso laborales- se construyen, se trabajan y se conversan, sólo así pueden mantenerse y crecer. Creo que enseñar a nuestros niños a resolver los conflictos y a lidiar con personalidades distintas a las de ellos los preparará para un futuro rodeado de amigos y de redes, por sobre un futuro de soledad en que no sepan a quién acudir cuando tengan un problema, o peor aún, que crean que es malo pedir ayuda.


Esa tarde, después de la conversación con Amelia empecé a imaginarla grande, adulta, llamando a su amiga para conversar en un café. Me las imaginé a las dos sintiéndose seguras de su amistad, las imaginé compartiendo sus vivencias y apoyándose en los momentos malos.


Empecé a pensar entonces en mis amigas, en esas de chica, de los mismos cuatro años que tiene hoy mi hija. Tengo la fortuna de tener mi pequeña tribu en ellas, somos un grupo de seis amigas que nos conocemos del colegio, hemos pasado literalmente nuestra vida juntas. Hay épocas en las que hablamos poco, otras en las que hablamos muchísimo, pero lo increíble es que a cada una de nosotras nos han tocado momentos en la vida en la que hemos necesitado el apoyo de las demás. Es ahí donde una suerte de máquina de soporte y amistad se enciende y ya no hay falta de tiempo o exceso de trabajo que puede hacer que no estemos para la otra. Somos todas muy distintas y tenemos vidas diametralmente disimiles, casadas, solteras, separadas, con hijos, sin hijos, tranquilas, carreteras, trabajólicas, gozadoras, si alguien nos viera desde fuera diría que no tenemos nada en común. Pero no es así, tenemos en común lo más importante de todo, el valor que le damos a nuestra amistad sin importar las diferencias de opinión creencias, formas de vida y hasta de postura política.


No pude evitar entonces pensar en lo fundamentales que ellas han sido en los mejores y peores momentos de mi vida, no pude evitar pensar en lo gratificante que sería saber que Amelia, de adulta, pueda tener el mismo privilegio. Busqué entonces una foto de mi curso de pre-kinder, se la mostré y le fui nombrando a mis amigas de quienes ella tiene la imagen de la actualidad: “mira, esas son mis amigas, las que conoces, así de chicas éramos cuando nos conocimos”. Le expliqué que seguíamos juntas no porque fuéramos iguales o porque no tuviéramos diferencias de opinión, le expliqué que éramos amigas porque habíamos decidido serlo y que nos hacía bien esa relación.


“Tu amiga con la que discutiste fue la misma que te ayudó y le avisó a la profesora cuando te apretaste un dedo, ¿verdad?;” “Sí”, me respondió la Ame. “¿Es la misma con la que juegas a la familia en los recreos y que te ayuda a abrir la compota cuando está muy apretada?”, ella me miró asintiendo; “¿entonces ¿no crees que se merece otra oportunidad?”

No quiero que Amelia se aferre a relaciones que no sean nutritivas, quiero que sepa soltar y alejarse cuando sea necesario, pero también quiero que valore las relaciones de verdad, que sepa que ella se puede equivocar y que la van a seguir queriendo, que sepa perdonar y resolver sus conflictos. Quiero que sepa que nadie es perfecto, que una diferencia de opinión no es el fin del mundo y que puedo ser amigo de alguien que piensa diferente. Quiero que crezca sabiendo poner límites y sin dejar que la lastimen, pero también sepa construir relaciones estables, duraderas y nutritivas donde nadie es desechable.


Fuente: Revista Súper Mamá


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