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  • Foto del escritorPamela Lagos

Mamá, me frustré

Hace unos días Amelia, con sus 3 años 4 meses, jugaba a copiar patrones en un libro mientras yo conversaba con mi cuñada. Al parecer los patrones eran muy difíciles para su motricidad fina y no le “salían” como ella esperaba:


“Mamá me frustré”, me dijo acongojada. Mi cuñada se ríe -la verdad es que sí, fue gracioso- y le dice “¿qué sabes tu lo que es estar frustrada?” Amelia la mira con cara de “mi tía no entiende nada” y le dice –“es cuando uno se enoja mucho porque no te sale algo que querías hacer”. Bastante buena definición, pensé yo, porque en realidad eso es; tristeza o enojo por la imposibilidad de satisfacer un deseo, por no lograr lo que quería lograr y sobre todo por lo que me he esforzado.


Mucho se habla de que los niños tienen que “tolerar la frustración”, pero bien poco se explica sobre qué hay detrás de esto. Por lo general se cree que tiene que ver con no expresar la emoción, con no enojarse o con simplemente dejar de insistir ¡Todo lo contrario! Tolerar la frustración implica, primero que todo, expresar la emoción de forma modulada y regulada, porque una emoción que no se expresa sale luego de una forma más inadecuada, ya sea como alguna afección física o como una explosión emocional. Ninguna de estas dos cosas las queremos para nuestros hijos, la primera porque los queremos sanos y no enfermos y la segunda porque la explosión emocional desmedida sólo los daña a ellos y a sus personas cercanas. Entonces ¿qué es lo que buscamos? Que nuestros niños tengan la capacidad de decir “me frustré” y aceptar que eso conlleva rabia, tristeza y ansiedad, aceptar también que tienen derecho a llorar o a mantenerse enojados un rato, pero lo que después de eso se vuelve a la carga. Que volvemos a intentarlo porque si no sale a la primera tal vez tenga que ser a la cuarta, o a la quinta, o tal vez más, pero muchas veces así se logran las cosas.


Pero ojo aquí, tampoco queremos niños obsesionados con lograr un objetivo sin pensar en que el camino para llegar a él es lo importante. De ser así tendríamos personas que insisten en hacer las cosas siempre de la misma manera y eso tampoco es sano. Una vez, entonces, que logramos expresar lo que sentimos, que valoramos la emoción de nuestros niños como una expresión válida y que vale la pena manifestar viene la parte de enseñarles a usar esa emoción para movilizarse. Sí, porque lo crean o no, la frustración es una emoción que puede ser muy movilizadora si sabemos usarla: “díganme que no puedo hacerlo y les mostraré como lo hago”, leí hace poco en twit.


De eso se trata esto de la frustración, de tomar la energía de esa emoción y hacerla motivarte a seguir. Siempre de forma sana, claro está, cuando te hace daño y te mantiene pegado en un objetivo que muestra ser absurdo, estamos hablando de obsesión y no de motivación, por lo que hay que tener ese límite bien claro. Pero cuando es un objetivo que me apasiona, con el que disfruto trabajando para lograrlo y que además es lo suficientemente lejano como para entregarme una satisfacción inconmensurable si llego a lograrlo, entonces usar la frustración como motor es una de las cosas más productivas que podemos hacer.


Tenemos que tener claro también, que superar la frustración no implica necesariamente seguir haciendo lo mismo por un tiempo ilimitado hasta que funcione. Puede ser así si lo que quiero es adquirir una habilidad, sin embargo, cuando se trata de resolver problemas la magia está en saber cuando y cómo cambiar la estrategia. Si algo ya no ha funcionado en varios intentos tal vez tengo que tratar desde otra perspectiva “más de lo mismo rompe el sistema”.


Imaginemos que lo que queremos solucionar es un problema de comunicación dentro de una familia, esta familia decide como estrategia sentarse a comer todos los días a la misma hora y conversar juntos, no obstante, durante esa comida todos miran el celular y nadie habla ¿tengo que seguir sentándome a comer a la misma hora de la misma forma hasta que funciones o tengo que hacer un cambio? Tal vez es suficiente con incluir una nueva variable, sentarnos sin celular, o tal vez lo que tenemos que hacer es generar una conversación lo suficientemente nutritiva para que nadie quiera mirar el suyo. Personalmente opto por la segunda.


El problema acá es que muchos padres -me incluyo- tenemos una tendencia casi inevitable a solucionar los problemas de nuestros hijos antes de que logren buscar la solución por ellos mismos. Lo vemos como un “regaloneo”, nuestra intención no es más que hacerles la vida más fácil, pero olvidamos que nuestra tarea es darle las herramientas para que puedan desenvolverse en el mundo sin nuestra ayuda y si no les damos la oportunidad de aprender, tendremos adultos que se verán agobiados cuando tengan que enfrentar la vida sin nosotros.


Hace unos días me pasó. La profesora del jardín de Amelia puso como ejemplo en la reunión de apoderados por Zoom que era bueno que los niños aprendieran a hacer las cosas solos, que si botaban un vaso de agua -por ejemplo- lo secaran sin ayuda. Pensé en cuantas veces Amelia ha derramado un vaso con agua y lo primero que yo hago es decirle que “eso nos pasa a todos, que no se preocupe” y corro a traer algo con qué secar. ¿Sabrá secarlo ella sola? Pensé, si yo no estoy ¿podría solucionarlo sin mi intervención?


Sentí que era tan representativo de lo que no quiero para el futuro de mi hija, no quiero que la agobien las cosas simples, quiero que sepa que ella puede sortear todos los obstáculos que le ponga la vida. No quiero que se paralice ante los conflictos, tampoco quiero que los evite, quiero que los enfrente, que sepa salir adelante por sus propios medios y que tenga muy claro cuando y cómo pedir ayuda si lo necesita. Quiero que si un día no encuentra esa ayuda sepa seguir buscando o continúe hasta ponerse de pie ella sola. Quiero que sepa que la vida es simple, linda y solucionable, que nada es tan terrible para no poder resolverlo.


Hace unos días Amelia volvió de derramar un vaso, esta vez de jugo “está bien amor, a todos nos pasa ¿puedes solucionarlo tu?” “Si mamá, con un pañito” me dijo. Partió a la cocina, tomó un paño y secó sin problemas. La vi grande, la imaginé adulta con un problema en el trabajo o con amigas, la vi diciéndome “Si puedo mamá”, siento que era todo lo que necesitaba escuchar.


Fuente: Revista Súper Mamá



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