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  • Foto del escritorPamela Lagos

Tu mente no es mi mente

El viernes 18 de octubre partió un proceso que a nadie en nuestro país dejó indiferente. A favor o en contra del movimiento, nos removió en lo más íntimo, nos hizo cuestionarnos y generó un mar de emociones en todos.


Comenzaron a aparecer así una serie de absolutismos y sobregeneralizaciones, “son todos unos violentos”, “son todos unos extremistas”. Lo más increíble es que los mismos adjetivos servían para los dos lados, sin distinciones.


Las redes sociales y los grupos de WhatsApp se llenaron de afirmaciones atemorizadas, enrabiadas y agresivas. Lo peor de todo, la empatía comenzó a desaparecer. Pude ver como amigos de toda la vida decían cosas horribles sobre “los otros”, los que pensaban distinto a ellos, sin reparar en que esos “otros” eran sus amigos, compañeros o incluso familiares. Comencé a preguntarles si se daban cuenta que cuando hablaban así podían herir directamente a alguien que querían. La respuesta más de una vez fue “es que esto es muy grande, ellos tienen que darse cuenta de que su pensamiento está mal”. Empezó a dolerme esa visión ¿cómo puede alguien creer que tiene la verdad absoluta? ¿Puede ser que expresar tu forma de pensar de forma impulsiva valga más que el daño que puedes generar en alguien que quieres? La verdad no tengo la respuesta.


Pero en medio de toda esta lluvia de agresiones, explosiones emocionales y miedos me di cuenta que tenía dos amigas que nunca perdieron la calma. Nunca las vi sobrepasadas afectivamente, podían hablar sin agredir a nadie e incluso bromeaban sobre sus propias posiciones políticas. Proponían soluciones y no se desesperaban con los problemas. e ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽la mente abierta y sin temores.

ñar al otro para dejar en claro lo que piensa y que pudiera enfrentar los cambios soc


Carolina e Iracy (sí, así se llama, no lo inventé), no se conocen, son de posiciones políticas contrarias y probablemente nunca sabrían de la otra si no es por esta columna. Pero tienen algo en común, las dos eran un bálsamo en medio de la vorágine de emociones que aparecían en mis grupos de WhatsApp. Eran quienes ponían paños fríos en las discusiones, quienes expresaban sus ideas de forma respetuosa y nunca devaluaron a quien pensaba distinto ¿Qué las hacía distintas a los demás? –y con los demás me incluyo-.


Pensé en que me gustaría que Amelia tuviera esa capacidad, que expresara sus ideales con pasión, pero con templanza, que no tuviera que dañar al otro para dejar en claro lo que piensa y que pudiera enfrentar los cambios sociales con la mente abierta y sin temores. Decidí llamarlas y preguntarles sobre su vida en busca de encontrar respuestas.


Iracy creció en una familia acomodada, todos de derecha y neoliberales en materia económica. Cuando salió del colegio se fue a pasar un año a Inglaterra para decidir qué quería estudiar. Me contó que allá vio una forma de vida más social y comenzó a cambiar su pensamiento. Carolina, en cambio viene de una familia de campo, sus padres no tenían una posición política establecida y cuando se trasladó a la cuidad para estudiar encontró en la UDI un grupo con el que se sintió identificada. Hoy Iracy tiene un trabajo importante en una embajada, y asegura que una de las cosas que la hace poder hablar sin dañar a nadie es que se relaciona siempre con gente distinta. Además, hablar el tema en su familia no es fácil porque muchos son contrarios a ella y dice que poder debatir con quienes quieres, te hace aprender a hacerlo respetando y sin dañar. Carolina en cambio, sigue trabajando ligada en parte a la política y su hija mayor tiene un pensamiento contrario a ella. Me cuenta como juntas se ríen de sus diferencias.


¿Qué descubrí con estas conversaciones? Que ninguna de las dos tiene lo que en psicología se llama “introyecto”.


Un introyecto es una idea preconcebida sobre lo que está bien y lo que está mal que es inculcada desde pequeños en nuestras mentes. Son normas, conceptos y valores que heredamos de nuestra familia y que por ende no cuestionamos y que vemos como absolutos. Es decir, simplemente los vemos como algo que tiene que ser, y muchas veces no podemos argumentar demasiado porque no hemos estudiado el tema, solo sabemos que está bien o está mal porque nos enseñaron que así era.


¿Son malos los introyectos? No, para nada, son altamente necesarios sobre todo en cosas éticas como por ejemplo el valor de la vida. A mi por ejemplo, me enseñaron que no se agrede. Sea por la razón que sea, no se violenta nunca a otro y punto. Eso quedó como una premisa en mi vida.


El problema, es cuando se establecen en torno a ideales que sobrepasan lo establecido para una sana convivencia social. Política, religión o futbol son claros ejemplos. No quiero decir que esté mal mostrar a nuestros niños una visión personal respecto de estos temas. Sin embargo, presentárselos como verdades absolutas hace que los privemos de la capacidad de ver que otros pueden pensar distinto a ellos. Hablarlos mostrándoles que tenemos un punto de vista, pero incitándolos a estudiar y a hacerse una idea propia que puede incluso ser contraria a la nuestra –sobre todo en la adolescencia- puede ayudarlos a generar una inteligencia emocional y una capacidad empática que de seguro les entregará habilidades sociales que serán fundamentales para su futuro.


El psicólogo Gregory Bateson fue el primero en hablar sobre la Teoría de la Mente, a inicios de 1900. Esta implica entender que el otro tiene una mente totalmente distinta a la mía y que por ende mi forma de ver el mundo no tiene por qué concordar con la del otro. Eso me obliga a respetar la percepción distinta a la mía desde una entendimiento básico como sociedad. Con mis alumnos lo grafico desde los colores. Cuando miramos algo, lo que realmente vemos es la proyección de la luz en nuestro lóbulo occipital del cerebro. Entonces, por ejemplo ¿cómo puedo saber que el color rojo que yo veo es el mismo que ve el otro? La verdad es que no puedo. Sólo sé que me enseñaron que ese color se llama “rojo” y que a los demás les enseñaron lo mismo, así todos nos pusimos de acuerdo que cuando viéramos ese color –que sólo nosotros sabemos cuál es- le llamaríamos rojo.



iramosstinta. Además, hablar en

Suena raro, lo sé, provoca una sensación de incertidumbre que molesta, pero entender esto es la base de las habilidades sociales. Habilidades que además en un mundo tan diverso y cambiante como el nuestro serán cada vez más necesarias para nuestros hijos.


Enseñémosles a pensar por si mismos, a cuestionarnos, a que nada es blanco o negro a menos que hablemos de valores básicos para convivir en sociedad. Enseñémosles a discutir con argumentos, a que las personas diferentes no son enemigos, y que de las diferencias se puede aprender. Enseñémosles a vivir en sociedad en donde tenemos que respetarnos entre todos.


No se si Amelia va a pensar igual o distinto a mi en términos políticos o sociales. Solo espero que tenga valores firmes y claros respecto a la valía y el respeto del otro. En lo demás, si piensa distinto a mí, no me molestaría. Al contrario, solo aspiro a que pueda tener su propio pensamiento basado en el conocimiento y el entendimiento. Ojalá algún día tenga ideales tan bien argumentados que pueda sorprenderme diciéndole “tienes razón, creo que yo estaba equivocada”, cuando eso pase, sabré que lo hice bien enseñándole a pensar y a cuestionarse la realidad.


Gracias a Iracy y Carolina, por dejarme citarlas en esta columna, es muy bueno tener amigas que te enseñen a ser mejor persona.


Fuente: Revista Súper Mamá

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