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  • Foto del escritorPamela Lagos

Que mi hijo tenga todo lo que yo soñé

Mi amiga Carla es de esas amigas que uno admira profundamente. De verdad, llega a ser odiosa de seca, siempre matea, siempre la primera del curso, deportista, estupenda y exitosa. Incluso se ganó una beca para ir a hacer su doctorado a Estados Unidos y partió junto a su hijo, que en esa época tenía 6 años.


Como era de esperarse, a él también le va muy bien en el colegio, incluso le ofrecieron saltarse un curso si se sacaba una “A+” -la versión del 7,0 para los gringos- en la siguiente prueba. Sin embargo, cuando ella le cuenta esto a su hijo él le responde: “No me quiero sacar buena nota, me gusta mi curso, no quiero que me cambien”. A mi amiga -que toda la vida había luchado por ser la mejor- le costó entender la decisión de su hijo, pero la respetó. Después de ese incidente pasaron varias situaciones similares, hasta que un día ella me dijo: “Tuve que entender que mi hijo es distinto a mi, no le importan las mismas cosas, no está ni ahí con los logros académicos y que, pese a que es brillante y mantiene excelentes notas, no es lo que lo hace feliz.”


La reflexión de Carla me dio vueltas mucho tiempo. Es que es muy difícil separarse de tu hijo en tu mente. Poder tener el amor y la empatía para ver que es alguien totalmente distinto a ti, y que lo que uno puede querer para ellos tal vez no sea lo que ellos realmente necesiten. Desde cosas básicas, como la tendencia que tenemos las mamás a abrigarlos cuando nosotras tenemos frío, hasta las expectativas de qué lograrán en el futuro.


“Quiero que mi hijo tenga todo lo que yo no tuve” ¿Cuántas veces han escuchado esa frase? ¿cuántas veces la han dicho? Y es que es casi parte de nuestra cultura. Entiendo que dentro de eso está que nos superen, que lleguen más lejos. Sin embargo, olvidamos que ellos no son extensiones nuestras, no son clones en miniatura. Pero por sobre todo, olvidamos que ellos viven en un mundo y una realidad totalmente distinta a la que nos tocó a nosotros. Esto es lo que genera el problema, si me dedico a entregarle a mi hijo todo lo que yo no tuve puedo llegar a cegarme frente a lo que él necesita.


Hace un tiempo me tocó conocer a una señora con una historia de vida formidable, de esas que son pura resiliencia y logros. Actualmente tenía una hija de 10 años sumida en una soledad tremenda ¿cómo pasó esto? La madre, esforzada y fuerte había dedicado su vida en darle a su hija todo lo que ella no tuvo cuando pequeña, pero nunca le había preguntado a su hija qué era lo que ella quería. Desde cosas simples como que para la Pascua le compraba los juguetes que a ella le habría gustado tener cuando chica, hasta el tiempo y la dedicación que le entregaba.


Es inevitable pensar que con los sueños pasa lo mismo “quiero que mis hijos sean más que yo”. Lo entiendo, todos queremos eso, pero ¿qué pasa si ellos no quieren ser mejores ni peores, sino simplemente distintos?


Entonces decidí cambiar la frase, me puse a buscar una que englobara lo que realmente espera uno para su hijo y me encontré con ésta: “quiero que mi hijo sea todo lo que sueñe ser”.


Suena muy lindo, pero conlleva un gran conflicto. Para lograr algo así tenemos que llegar a una empatía real, esa genuina, esa que es definida por los expertos en el tema, Bylund y Makoul, como: “Ponerse en el lugar del otro, desde lo cognitivo y comunicarlo”. Esto echa completamente por la borda eso de “si no te lo pescas se le va a pasar la pataleta”. Para lograr la empatía ¡hay que comunicarlo!, ser empático es decirle al otro “te veo, noto tu emoción, la entiendo y la valido”.


He visto niños caerse y la reacción de los adultos es “no lo mires para que no llore”. Imaginen que van caminando por la calle junto a su pareja, pisan un desnivel y se caen. Su pareja decide seguir caminando. Cuando te paras y preguntas por qué no te ayudó, responde “para que no te doliera”. Parece tonto ¿verdad? Bueno, imaginen lo que es para un niño que además su mayor protección en el mundo son sus padres.


Algo similar pasa al otro extremo. Cuando algo le duele a nuestros niños nos destrozamos por dentro. Pero si yo me desarmo ¿quién contiene al niño? No estoy diciendo que hay que ocultar nuestras emociones, eso nunca, pero hay momentos y momentos. Cuando nuestros niños nos necesitan, nos volvemos fuertes, contenedoras y protectoras. Después, cuando ya está todo bien, podemos llamar a alguien de confianza para descargar. Pero si cuando ellos tienen un dolor ven a sus padres más afectados que ellos mismos, van a tender a protegernos y muchas veces terminan ocultando lo que sienten para no hacernos sufrir.


Siento que criar implica salirse de uno mismo. Entregarse a otro distinto a ti y dejar de pensar en el regalo que te habría gustado a ti cuando chico para pensar en lo que a tu hijo le gusta. Yo siempre he odiado el mango, siento que es como comer perfume. Pero a Amelia le llamó la atención en el supermercado, compramos uno y se transformó en su fruta favorita. Si ella no lo hubiera visto, tal vez yo nunca se lo habría comprado y la habría privado de algo que le encanta.


Nuestros sueños están limitados por nuestro conocimiento, por nuestras vivencias y realidades. Si se los traspasamos a nuestros hijos le cerramos sus horizontes. Nuestros sueños son terrenales, tienen todos los limites que nos ha dado ser adultos en esta vida. Los sueños de nuestros hijos van más allá, no tienen límites, son más grandes, más altos, no están coartados por el realismo que nos da ser adultos.


¿Qué podemos hacer entonces para ayudarlos a cumplir sus sueños? Simple: Cumplir los nuestros. Está demostrado que la forma más fácil de aprender que tiene el ser humano es el modelaje, con el ejemplo. Si nuestros niños nos ven pelear por nuestros sueños entenderán que tiene que pelear por los de ellos. Sin importar lo diferentes que sean.


Mi amiga Carla cambió a su hijo desde un colegio de excelencia a uno donde no le ponen notas. Donde no compiten unos con otros, donde nadie sabe quién es el mejor, y si bien a ella todavía le cuesta no saber si su hijo es el primero del curso, ver su cara de felicidad cuando llega del colegio la hace entender que está todo bien.


Ya no quiero volver a decir que quiero que Amelia sea mejor que yo. Ahora quiero que ella sea todo lo que ella quiera ser. Que llegue tan alto como quiera llegar, que cumpla los sueños más locos de la vida y que nunca sienta que algo es imposible. Quiero que Amelia sepa que lo único que puede limitarla es no atreverse a soñar sus propios sueños.


Fuente: Revista Súper Mamá

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