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  • Foto del escritorPamela Lagos

No todas íbamos a ser princesas

Hace unos días, Amelia –mi hija- cumplió un año. Fue inevitable revisar cómo fueron esos nueves meses de espera y por supuesto este primer año.

Sigo recordando perfectamente cómo fue el día en que supe que Amelia sería mujer. Una emoción inmensa me embargó, era una felicidad indescriptible y sin mucho sentido


Si me preguntaban antes de quedar embarazada, siempre habría respondido que quería que mi primer hijo fuera hombre ¿La razón? Ninguna, solo porque en mi familia es así, porque mis hermanos mayores son hombres y como uno conoce el mundo que le presentan me parecía lo más fácil. Pero ese día todo fue muy diferente, la cara de felicidad de mi marido, esa sensación de ser madre de una niña. Algo pasó en mi cabeza que la felicidad era sin sentido pero indescriptible.


Corrimos a contar a la familia y rápidamente a un restorán para celebrar los dos solos, mi marido y yo, a nuestra niña. Ahí todo cambió. Un terror frío recorrió mi espalda. Tendríamos que criar a una mujer, a una mujer en un mundo donde todavía los hombres son vistos como más fuertes, ganan más y tienen mejores oportunidades. ¿Cómo se cría una mujer fuerte? La verdad no lo sé, pero sí estaba segura de una cosa, mi hija no será una princesa. Simplemente porque, espero que al igual que yo, nunca quiera serlo.


Analicemos a las princesas, a esas con las que crecimos la gran mayoría, no las modernas que –si bien reconozco que solo sé de ellas por lo que me cuenta mi sobrina de cinco años- al parecer pelean por sus objetivos, valoran el amor fraternal y no andan buscando un marido que las mantenga por la vida. Insisto, es lo que he escuchado y reconozco que puedo estar equivocada, si es así, por favor avísenme y me entrego a la tarea de analizarlas.


Partamos con una de las más típicas, la adorada Bella Durmiente, la clásica de Disney. Aquella que es rubia, impecable, con una piel única y un cuerpo que la hace parecer una joven mujer más que una adolescente de 15 años con espinillas, como una esperaría por la edad que tiene en el cuento.


Bella es hija de reyes. Ellos para celebrar el nacimiento de su hija invitan a todo el reino al bautizo, pero dejan a un hada fuera de la lista de invitados.


De acá partimos con problemas ¿Por qué en todos los cuentos hay una mujer que se enoja con otra? Por envidia en algunos cuentos, por competir quién es la más linda en otro y acá por ser excluida. Como si fuera poco la excluida, o la mala, siempre es fea, porque ese es el mensaje que dejan. Primero que hay que cuidarse de las otras mujeres porque si te ‘agarran mala’ te pueden hacer daño, y segundo, hay que ser bonita para ser buena, si eres fea eres mala y punto. No hay linda mala ni buena fea en el mundo de las mujeres. Así que más te vale seguir los estándares de belleza para poder ser una ‘buena niña’.


Como venganza, esta bruja mala y fea, maldice a Bella. La maldición decía que al cumplir 15 años se pincharía el dedo con un huso y moriría. Luego una bruja buena cambia la maldición a que dormiría.


¿Han pensado en lo que está detrás de esto? ¿Qué les pasa a las mujeres a los 15 años que las hace sangrar? Eso mismo, la menarquia. Entonces, llegada la menarquia la niña debe dormir, no puede seguir adelante con su vida porque si ya se desarrolló tiene que quedarse en la casa escondida y dormida. Tal como reza nuestra creencia popular ‘es una niña de cuidado’, por ello debe ser vigilada para que nadie le ‘despierte’ el deseo sexual.


Entonces el rey, con mucho miedo de que su hija se ‘pinchara’ el dedo –creo que no tengo que explicar esta parte para no ser tan obvia- manda a esconder todos los husos del reino. Así como muchos padres que se aterran con la idea de que sus hijas pierdan la virginidad, este rey no habla con su hija, no le entrega información sexual, sino que esconde todos los husos para que a su hija no le pase esta ‘desgracia’. Pero claro, Bella con cero ‘educación sexual’ se encuentra con un huso y se ‘pincha’ ¿El castigo? A dormir hasta que alguien la elija. Así para Bella no hubo estudios, universidad, no vivió viajes ni eligió su destino. Solo esperar.


Después de esto viene la segunda parte: el príncipe. Ese hombre alto, fuerte y por supuesto con un reino que ofrecer –si no tiene plata, no es príncipe- que la elige a ella. Obvio, él a ella, porque ella no tiene derecho a elegir ¿Qué hace que este príncipe sea digno de quedarse con esta princesa tan resguardada? Que tiene un reino, eso ya lo dijimos, y además tiene esa gran espada fálica que le permite tener poder y fuerza –que por supuesto ninguna mujer tendría- que lo dejan romper con toda su agresión viril la frondosa vegetación que resguarda la nueva virginidad de Bella. Claro, Bella estaba durmiendo, no hay forma de que ella rompa la vegetación sola, no hay forma de que ella salga del castillo de sus padres para conocer el mundo, eso sería una aberración.

El apuesto príncipe llega hasta donde está la princesa, la ve durmiendo y se enamora de su belleza. No de lo que piensa, no de su personalidad, no solo eso ¡estaba durmiendo! Nunca hablan, no se conocen y él va y ¡la besa! Así no más ¿consentimiento? Para qué, a él le gustó, punto, va y la toma para ‘despertarla’ ¿Qué importa lo que Bella pensara? ¿Qué importa si ella quería o no besarlo? Nada, si quién tiene el poder y al espada es él, que ella agradezca que la besaron y despertaron. Porque claro, el súper príncipe asume que ella quiere ser besada


Bella ahora despierta tiene permiso para salir, para ver el mundo, pero claro, no todo el mundo, el mundo que el príncipe le permita. Porque lo que pasa después es que el príncipe la toma y se la lleva a su casa, a su reino, a su mundo. Ella no tiene derecho a elegir donde vivir, no pudo invitar a sus amigos al matrimonio, nada. Bueno, claro, no tiene amigos, si es una ‘niña buena’ que no salió de su casa desde que ‘sangró’.


Por todo eso yo nunca quise ser como Bella, por todo eso no quiero que Amelia sea como Bella, una niña de 15 años que claramente no terminó el colegio, que no conoció el mundo, que nunca pudo tomar una decisión que fue ‘tomada a la fuerza’ por un hombre al que sólo le importó su aspecto físico


¿Y vivieron felices para siempre? Yo no lo creo. Lo mismo pasa con Blanca Nieves, la Bella y la Bestia, Rapunzel, pero bueno, otro día les hablo de ellas. Por ahora sigo agradecida de la vida porque no nací princesa y que Amelia tampoco lo será.

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